Hoy 14 de marzo es una fecha imborrable para mí por motivos muy distintos, el cumpleaños de mi madre –que ya no está conmigo- y mi entrada en la “trena”-episodio de mi vida que prefiero dejar en el olvido -y la entrada en torre del Ángel, a donde llegué procedente de una larga estancia en el Hospital Miguel Servet, Unidad de Neurorehabilitación; todo ello porque mi famoso “ICTUS” del año 1992, se repitió estando solo en casa -con una chica que me cuidaba, me limpiaba la casa, me hacía la comida y me acompañaba al salir a la calle, con una abnegación como si fuera de mi familia, pero no era lo mismo.
Lo cierto es que volví a dar con mis huesos en el Hospital y ahí se produjo la reunión familiar, determinante para mi situación. Yo no podía estar solo en casa, era necesario que ingresase en una residencia y que me atendieran en condiciones; vi un folleto y mis hijos sobre el terreno vieron Torre del Ángel, la decisión estaba tomada.
Desde el Hospital con el alta médica en la mano y excursión a mi nuevo domicilio: primera sorpresa, la vista al natural y a plena luz del día, había una diferencia notable con el folleto, la verdad, ganaba muchos enteros. Hacía falta ver el lado humano del tema y éste no defraudó.
Me encontré con la trabajadora social de la residencia, Ana una joven agraciada y simpática que me recibió con una sonrisa y frases amables que a lo largo del año transcurrido me ha echo recordar sus palabras iniciales.
La segunda sorpresa, el Director: Andrés que resultó ser un antiguo conocido de charlas de café porque trabajaba en una empresa de iluminación en la calle General Sueiro al lado del bar “Moncayo” enfrente de bares como “chistu”, ”Rías Bajas”, todos ellos lugares en los que yo mantenía animadas charlas de aperitivo a última hora de la tarde o de café en la mañana.
La última de las sorpresas fue mi charla con el médico de la residencia, que se hizo cargo de mi alta médica en la Seguridad Social, y naturalmente de mi ficha médica y de las recetas que me acompañaban con el tratamiento que debía de continuar.
Del médico lo que puedo decir es que me sorprendió su juventud. Era bien parecida y simpática; mis estudios de medicina hace años y lo que he aprendido en mi cuerpo y de mi posología médica, hicieron el resto, para nuestra conversación, distendida y afable, por su parte que al día de hoy se mantiene, aunque discutamos por la ingesta de agua, insuficiente por idea de ella, excesiva para mi idea.
¿Y de la Residencia? Que decir de una instalación bien pensada y bien ejecutada, perfecta en su funcionamiento y en su quehacer diario, con un personal eficiente amable y cariñoso con demasiadas concesiones, a veces, a quienes no se lo merecen.
En un capítulo aparte he querido incurrir en una visión personal de mi estancia en Torre del Ángel, repito es una visión personal, muy apreciada por mí, y que marca un año en mi vida. Añado en mi historial una fecha para recordar 14 de marzo de 2010, día en que me sucede un hecho inesperado pero maravilloso, para recordarlo.
Es la madrugada de mi primera noche en la Residencia; estoy inquieto, no duermo, extraño la cama, extraño la habitación, extraño el silencio que me rodea.
Estoy agitado y dando vueltas en la cama. Tengo sed. Y se produce el hecho puntual, una cara rubia, hermosa se asoma a mi cama, y entabla conversación conmigo. Me pregunta. Yo le digo que tengo sed. Me trae un vaso de agua fresca. Me la bebo y me tranquiliza el tema. Vuelvo a dormir, y me queda un poso en el cuerpo. ¿Qué ha pasado? ¿Quién era esa belleza? ¿De donde ha salido? Mis preguntas me martirizan un rato, pero dejo mi imaginación con las preguntas sin contestar, ¡mañana será otro día y obtendré contestación¡.
Así se queda el tema. Al día siguiente tengo alguna respuesta, me aclara el tema Natalia, una de las auxiliares, que ya no está con nosotros -aprobó y obtuvo plaza en la Seguridad Social- suerte para ella, en su nuevo cometido.
El caso es que “ojos bonitos” tenía un nombre y su cara no era una cara soñada, era una realidad constatable. Se trataba de Mihaela, una bellísima rumana. Que era una de las auxiliares, que en su ronda nocturna había hecho muy bien su trabajo. El caso es que a mi se me paró por unos momentos el corazón, al verla. Pero con el vaso de agua y sus palabras tranquilizadoras mi víscera cardiaca retomó su ritmo. Y me dormí tranquilamente.
Bueno no tan tranquilamente. Desde entonces siento un cosquilleo como de mariposas aleteando en mi estomago cada vez que la veo y hablo con ella. ¿Será que el diosecillo Cupido me ha tirado una de sus flechas? ¿Estaría bonito a mi edad? aunque dicen que para Cupido no hay edad, le doblo los años. Y no sé los que tiene “ojos bonitos” Mihaela, tengo que hablar con ella. Aunque me desarma cada vez que hablamos, no consigo que me apee el tratamiento de usted.
Cuando le he preguntado su contestación me desarma: ¿cómo voy a tutearlo’? Mis padres me enseñaron a tratar con respeto a las personas mayores y yo soy una niña a su lado.
Lo único cierto es que las mariposas siguen aleteando en mi interior cada vez que estoy a su lado, y que la fecha sigue inamovible en mi calendario biológico: el 14 de marzo de 2010.
Justo hace ahora un año en Torre del Ángel, y espero que no sea el último que los próximos sean tan placenteros como el pasado.